vocación

¿de dónde vienen los malos humos?

Enviado por rober en Vie, 25/03/2011 - 22:27

¿te suena eso del típico día duro de trabajo en el que llegas a casa de mala leche?. Creo que es algo más común de lo que parece. Esa mala leche surge por algo, y como siempre, los científicos sociales nos ayudan a entender el origen del mal humor. En los años 90, Roy Baumeister y Mark Muraven nos hablaron del “agotamiento del ego”. Nuestro autocontrol y fuerza de voluntad son recursos cognitivos finitos, de manera que su sobreutilización acarrea un agotamiento del ego que lo convierte en cobarde y débil a la hora de afrontar la realidad que le toca. Nuestro día a día hace que vivamos con el piloto automático puesto y eso nos lleva a vivir una vida que a veces no se parece a la que nos gustaría.

 

En el 2007 se realizó un estudio en esta línea que reforzaba las teorías de Roy Baumeister y Mark Muraven. Se disponía un grupo de hambrientos individuos a los que se le ofrecía un sabroso donuts de chocolate. Los científicos le pedían a los participantes que tratasen de reprimir su ansias por comerse aquel delicioso donuts. Pasado un tiempo, los científicos comenzaron a increpar a los participantes. Comprobaron que aquellos que no habían conseguido refrenar sus ansías tenían respuestas mucho más agresivas a los insultos de los científicos. Esto confirma el típico estado de ánimo de la gente que está a dieta o tratando de dejar el tabaco. La necesidad de autocontrolarse agota su ego dejando que las emociones negativas afloren mostrando su peor cara.

 

Estos estudios le dan sentido a la necesidad de ser uno mismo en el trabajo, y en la vida en general. Ser uno mismo suena evidente, pero es increíble comprobar como dejamos de serlo para tratar de comportarnos de otra manera. Esto nos conduce al agotamiento de nuestra esencia, y eso puede resultar peligroso. 

La velocidad de nuestras vidas nos obliga a vivir a un ritmo en el que malgastamos el autocontrol y la fuerza de voluntad, dos recursos necesarios para mantener nuestra homeostasis interior. Derrochamos estos recursos en situaciones poco necesarias, lo que demuestra que el ser humano es un depredador de los recursos finitos. Cada vez que tenemos a nuestro alcance recursos limitados los consumimos hasta agotarlos. Así sucede con el petróleo, los bosques, los océanos,... y por supuesto, con la fuerza de voluntad y el autocontrol. ¿Por qué lo hacemos?, quizás por esas prisas con las que vivimos. Mucho no es sinónimo de mejor. Elegimos y pensamos como maximizadores, lo que nos aparta del equilibrio. Situaciones mantenidas de este tipo de comportamientos tienen situaciones fatales: divorcios, despidos, quiebras,...

 

A lo largo de este blog he escrito muchos posts en los que se hace referencia a la vocación. Realmente esta es la clave para evitar que nuestro ego se agote y nos convierte en nuestras peores versiones. Cuando haces algo con lo que disfrutas es raro que tengas que utilizar el autocontrol y la fuerza de voluntad. Estos bienes están a buen recaudo cuando lo que haces no supone esfuerzo alguno para ti, cuando puedes ser tú mismo, cuando puedes expresar tus ideas y pensamientos. En estas situaciones nuestra fuerza de voluntad y nuestro autocontrol disponen de una tarifa plana. No hay consumo y por lo tanto nuestro equilibrio interior nos conduce con mayor facilidad a sentimientos de bienestar.

Merece la pena dedicarle tiempo a pensar: ¿qué es lo que me gusta?, porque cuando encuentras la respuesta dispones de la llave que abre una de las puertas que conduce al bienestar. 

contrafreeloading

Enviado por rober en Dom, 06/03/2011 - 21:56

de un tiempo a esta parte una gran cantidad de empresas se han dado cuenta de una característica de nuestro subconsciente a la que le sacan un gran partido y una mayor rentabilidad. Se trata de esa tendencia que tenemos a sobrevalorar nuestro trabajo (ya habíamos hablado de ello en otro post). 

Cada vez es más común que nos dejen customizar nuestras zapatillas de deporte, nuestro coche, la ropa, los productos electrónicos, nuestras vacaciones, nuestros productos financieros,... y en esa customización reside el secreto. Se trata de la regla del 70/30, un 70% es producto elaborado, el 30% restante corre de nuestra cuenta. Y es ese 30% el que le otorga al producto un plus que incrementa su valor por encima de su valor de mercado. Ese plus es lo que vale nuestro trabajo. De qué manera se podría explicar sino el que los clientes de los bancos hagan sus transferencias desde internet ahorrando el trabajo al propio banco y aún así estén dispuestos a pagar por ello, o como muchas marcas te ceden una parte del diseño de sus productos en las que el cliente asume un sobrecoste por ello. 

 

Los animales presentan un comportamiento ciertamente curioso en lo que se refiere a las recompensas, y que nos puede ayudar a entender lo anteriormente descrito. No sé si habéis tenido la oportunidad de visitar un parque de adiestramiento de loros, estos simpáticos animales muestran una tendencia a despreciar toda aquella recompensa que no sea fruto de un esfuerzo previo. Da igual que tengan una plato repleto de sus alimentos favoritos al alcance de sus “manos”, ellos muestran una preferencia innata a ganárselos fruto de su esfuerzo. El psicólogo Glen Jensen acuñó este comportamiento como contrafreeloading, que describe la preferencia de ciertos animales a ganarse la comida frente a simplemente disponer de la misma sin tener que realizar esfuerzo alguno.

 

Resulta curioso los paralelismos que existen entre la customización y el contrafreeloading:

- El esfuerzo que ponemos en algo no cambia el objeto, simplemente cambia la valoración que nosotros hacemos del mismo.

- Cuanto mayor es la cantidad de trabajo, mayor es el amor por el mismo.

 

La creencia popular muestra un panorama bien distinto. El esfuerzo saca a la persona de su espacio de confort conduciéndolo por el camino de la frustración y el estrés. Según dichas creencias, si el ser humano quisiera maximizar su bienestar tendría que evitar cualquier tipo de trabajo y buscar un estado continuo de relajación... esto me recuerda a la imagen que nos presentan constantemente de una vacaciones ideales: palmeras, playa, tumbona, mojitos y poco más.

Sin embargo hay algo en nuestro interior que niega esta creencia, sin ir más lejos pienso en nuestras aficiones. A todo el mundo le gusta hacer algo, y ese algo generalmente suele suponer esfuerzos y sacrificios que hacen que la tarea sea interesante en sí misma. Por ella estamos dispuestos a sacrificar tiempo, esfuerzo y recursos. Una característica de este tipo de actividades es que perduran en el largo plazo y la rentabilidad de las mismas no se mide por los resultados inmediatos, es el camino lo que nos hace disfrutar, y no el resultado.

 

Llama la atención lo bien que han sabido entender esta característica humana determinadas marcas, pero lo que es realmente curioso es lo poco claro que lo tenemos nosotros. Nos hemos instalado en la demonización del esfuerzo, en la creencia de que cuanto más fácil mejor, y eso nos incapacita para crecer y buscar el verdadero disfrute que supone conseguir las cosas fruto del esfuerzo y el trabajo. Este camino mina nuestra capacidad para perseverar y nos instala cómodamente en nuestros sillones, donde el confort de nuestras vidas nos impide entender el verdadero valor del trabajo. 

Lo loros lo tienen claro, ¿es que vamos a ser nosotros menos?.

mío

Enviado por rober en Sáb, 19/02/2011 - 23:28

 

“la teoría del cepillo de dientes”: todo el mundo necesita uno, pero nadie quiere usar el de otra persona. ¿Alguien duda de la veracidad de esta teoría?.¿Y qué pasa con las ideas?, ¿no ocurre algo parecido?. Al igual que con los cepillos de dientes, preferimos nuestras creencias a las del vecino. Es algo natural, para algo son nuestras ideas!!!. Este comportamiento irracional es algo universal y común.

 

Dan Ariely habla del efecto Ikea. ¿Habéis oído presumir a alguien de sus muebles más que los dueños de un mueble Ikea?. Que gran estrategia la de esta multinacional, ha sabido entender dónde reside uno de los motivadores esenciales de la persona. El orgullo de hacer algo, el orgullo de construir con nuestras propias manos, el orgullo de alcanzar el objetivo,... ahora algo del mueble es tuyo. Tu trabajo es la escultura que puedes ver y que te recuerda que tú lo has hecho.

Un trabajo al que encuentras sentido y que aporta. Esta es una de las patas de la esencia de la vocación. Cuando sientes que controlas el proceso, cuando ves de principio a fin, cuando lo que esperas lo sientes como si fuese tuyo, es entonces cuando se enciende la chispa, y nuestro motor comienza a funcionar sin consumir.

Como es nuestro y nos sentimos orgullos, es precisamente ese orgullo el que nos conduce a sobrevalorar nuestro trabajo. El fruto de nuestro esfuerzo sólo lo sentimos nosotros, su dureza nos recuerda que no hay nada que lo pague. Ese precio inflacionario es el que provoca la falsa ilusión de que lo nuestro es mejor que lo del vecino. En esta bolsa llena de nuestros puntos, hay unos que suman y otros que restan, lo que ocurre es que no sabemos diferenciarlos.

 

Nuestras ideas son como los muebles del Ikea: las hemos hecho nosotros y su esfuerzo fija un precio muy alto. Una burbuja que nubla nuestra vista y que define unos filtros, a través de los cuales vemos lo de fuera mucho menos valioso que lo nuestro. Nos cuesta mucho reconocer la grandeza ajena ya que medimos en escalas diferentes, tantas como personas hay en el planeta. Esto dibuja un mercado enloquecido donde los precios cambian en milésimas de segundo, pero que tras nuestros ojos sólo tiene una dirección. Se fija  así un precio muy alto al reconocimiento, a la humildad y a la generosidad.

Los que dominan la virtud de ser humildes disfrutan de un mercado en el que los precios son justos, en los que mente nos deja ver la realidad y nos aparta de ideas preconcebidas.

 

Esta muy bien sentir orgullo por lo que uno hace, debería ser un derecho. Pero esto no nos da derecho a despreciar lo ajeno, porque lo ajeno también cuesta mucho esfuerzo, porque tirar por tierra ideas de otros, simplemente por el hecho de no ser mías, nos convierten en seres egoístas. 

Los extremos nunca fueron buenos. La otra cara de la moneda, donde se carece de orgullo por lo que uno hace, nos convierte en alguien que no somos nosotros mismos. Si no valoramos lo que hacemos como es debido, nos convertimos en un desconocido. Cualquier otra persona excepto tú.

Como siempre, la respuesta reside en el carril del medio. El equilibrio entre extremos es el resultado del precio justo. Un tira y afloja que deja las cosas en su sitio, donde deben estar. Valorar y ser valorados, esa es la verdadera humildad.

 

... pero por lo de ahora voy a seguir viajando con mi cepillo de dientes ;-)

010111

Enviado por rober en Vie, 31/12/2010 - 11:30

 

tengo la fortuna de trabajar en una empresa en la que creo y por la que apuesto. Es una empresa de servicios, de esas que vive gracias a sus clientes, esos señores y señoras que pagan religiosamente cada mes por un servicio que permite que gente como yo pueda escribir estas líneas. No me puedo quejar de nada, pero a pesar de ello, hay algo en mi interior que no me deja estar del todo bien. Se trata de los clientes, se trata de la gente, esos que hacen que las empresas existan y nuestro sistema funcione.

 

Hoy termina el 2010 y muchas de esas personas lo están pasando realmente mal. Este blog no se caracteriza por criticar o hablar de las malas noticias, pero hay situaciones que no se pueden pasar por alto. Cerramos una década que deja un resumen complicado. Hemos vivido la mayor abundancia que jamás haya existido, y no hemos sabido conservarla. Lo hemos tenido todo y lo hemos perdido... la historia se repite. ¿Por qué no sabemos hacer nuestra esa abundancia?, ¿por qué no sabemos hacer que dure?, ¿será quizás porqué no sabemos tenerla?. Esa, creo yo, es la respuesta: no sabemos ser y por eso no podemos tener.

Cuando tenemos más de lo necesario, nuestro ser se transforma en una versión grotesca de nosotros mismos. Los sueños de los ganadores de la lotería, en su mayoría, consisten en ser otras personas. Craso error. Pocos son los que saben hacer crecer las ganancias, y menos los que lo hacen sin cambiar su escala de valores.

 

Estamos padeciendo una crisis porque no sabemos ser. Nos han engañado haciendo pensar que con un título universitario eras el rey del mundo. Miles de personas atrapadas en un sistema diseñado para deprimir y frustrar el futuro de nuestro país. Un exceso de formación vacío de sentimiento, de emoción. Estudiar para ser médico, abogado, ingeniero, informático,... Estudiantes víctimas de sueños ajenos que modifican sus sistemas de creencias y que olvidan la importancia de asignaturas tan importantes como la de ser persona. 

La maquinaria educativa, totalmente arcaica, es una de las razones de esta crisis del ser que sufre nuestro país. Pero no podemos olvidar el papel de los educadores (hablo de los padres) en todo este proceso. En casa comienza este camino y no vale externalizar esta responsabilidad. Nuestros hijos son el fruto de nuestras decisiones y actuaciones, quizás entre todos tengamos la clave para cambiar esta tendencia y ayudar a la gente a saber lo que quiere ser. 

Jugar con este tipo de variables es peligroso y puede acarrear grandes problemas, algo así como un mercado laboral totalmente inadecuado a la realidad existente. Una “fuerza de trabajo” obsoleta antes de que empiece el partido. Una fuerza de trabajo a la que se le ha inculcado una falta de ilusión y compromiso con las cosas. De la fuerza de voluntad mejor ni hablar... cientos de mensajes recordando lo grato que es tener sin hacer. Venta de lo fácil, de lo directo, del sin esfuerzo. ¿Realmente nos ayuda esto?, claro que no nos ayuda. El caso es que me parece tan evidente, que no alcanzo a entender por qué quien puede cambiarlo no lo hace, por qué los que se tienen que poner de acuerdo no lo consiguen. ¿Qué hay detrás de este teatrillo inútil?. Fácil; todo eso en lo que hemos convertido el sistema antes descrito. Una falta enorme de amor por su trabajo, un olvido colectivo de lo que significa la vocación, una ausencia absoluta de voluntad, una falta de compromiso infinita, y por lo tanto, una carencia brutal de responsabilidad.

 

Pero lejos de parecer un mensaje pesimista, es una invitación a que en la próxima década luchemos todos juntos, y con todas nuestras fuerzas, contra ese mensaje apocalíptico. No creo que sea tan difícil encontrar modelos sustentables en el largo plazo y que no atenten contra el bienestar de las personas, pero no un bienestar material, yo hablo de un bienestar interior, de esos que te permite ser tu mismo. Hemos abdicado del derecho de ser libres y nos hemos aferrado a un sistema que premia el éxito rápido y “fácil”. Hemos cerrado nuestras mentes convirtiéndolas en laberintos en los que se extravía el sentido. Es nuestro deber abrirlas de nuevo, aceptar otros puntos de vista, ser lo suficientemente humildes como para integrar en nosotros mismos otras formas de pensar.

 

Esos son mis deseos para 2011: Responsabilidad, Humildad, Pasión y Vocación. Cuatro valores, que a la vista de los acontecimientos, parece que escasean, pero que si logramos reanimar, nos ayudaran a construir un futuro mucho más esperanzador y humano y en el que la incongruencia y la mentira tenderán a desaparecer.

Espero que esos clientes de los que hablaba al principio puedan tener algo de esto, sé que eso me permitirá seguir disfrutando de mi trabajo. Egoísta, lo sé, pero para todos, no sólo para mí. 

 

Bienvenido a 2011!!!

la envidia

Enviado por rober en Dom, 21/11/2010 - 20:49

 

uno de los grandes males que sacude nuestra sociedad es la envidia, pero la envidia no siempre fue mala. Este sentimiento no nos lo hemos inventado nosotros. La envidia nos ha acompañado a lo largo de la historia. Durante muchos años fue ésta la que nos ha permitido evolucionar. Querer tener más que el vecino nos empujó para conseguir todo lo que tenemos ahora. Por eso que la envidia tiene un gran valor evolutivo. Este sentimiento se ha ido convirtiendo por derecho propio en un rasgo común de nuestro comportamiento.

 

¿En qué punto nos encontramos en la escala evolutiva de la envidia?. Durante los últimos siglos la envidia ha pasado de ser un rasgo evolutivo básico para el crecimiento, en un cáncer social que conduce a la destrucción del poder colectivo. Hoy la envidia también es conocida por la aversión a la desigualdad. Somos capaces de sacrificar cualquier tipo de recurso (tiempo, dinero, esfuerzo, compromiso, ...) para intentar reducir lo máximo posible el gap que nos separa del nivel de bienestar de otras personas. Cuando no teníamos nada, la envidia era buena porque nos ayudaba a estar mejor. Pero resulta que hoy tenemos más de lo que necesitamos, y en este nuevo contexto, la envidia deja de ayudar y comienza a restar en nuestro nivel de bienestar. Tenemos más que nunca y somos más infelices. La OMS advierte que en el 2020 la depresión será la segunda  causa de incapacidad en el mundo. Hemos cambiado las enfermedades de la pobreza por las enfermedades de la riqueza, y quizás uno de los causantes sea esa envidia evolutiva, una envidia que se ha convertido en parte de nuestro subconsciente y cuya inercia nos ha hecho enfermar.

 

Hemos cambiado las cavernas por nuestras oficinas y lugares de trabajo. Al principio queríamos tener un jabalí más que el del vecino, y ese ímpetu nos dio ventajas a la hora de salir adelante. Pero en los nuevos entornos de trabajo ya no ansiamos cosas que nos hagan estar mejor. Ahora el ansia ha pasado a influir de una manera directa sobre nuestros sentimientos, lo que a su vez ha provocado que nuestro juicio se nuble. Cuando decidimos influenciados por este sentimiento es muy probable que no tomemos la mejor decisión, sino aquella que calme nuestra aversión por la desigualdad. 

Las organizaciones son un caldo de cultivo perfecto para que se reproduzcan este tipo de comportamientos: salarios, jerarquías, cargos, responsabilidades, poder, contactos, ... todo un repertorio de políticas y prácticas que correlacionan de manera directa con la envidia; cuando éstas crecen, nuestra envidia crece. Sus efectos son popularmente conocidos, y abarcan una inimaginable fuente de creatividad: zancadillas, mentiras, peloteo, deslealtad, ... ¿Y cómo se termina con todo ello?. Fácil, solucionando la aversión por la desigualdad. Ya, ¿y cómo se hace eso?. Cada uno debería buscar su fórmula pero yo me atrevo a indicar la dirección.

 

Vivimos de afuera-adentro. Los que nos rodea nos construye como personas y eso nos convierte en dependientes del refuerzo exterior. Por eso necesitamos una casa más grande que la del vecino, o un coche más rápido que el del compañero, o un salario de vértigo que todos nuestros amigos envidien para así saber que estamos bien pagados. Cuando vivimos de este modo es importante saber que las riendas de nuestra vida las lleva nuestra envidia.

Por contra, cuando construyes de dentro-afuera, el foco cambia totalmente. Ahora ya no vivimos pendientes de lo que digan los demás, ahora es mucho más importante saber qué es lo que nos hace sentir bien, y cuando lo averiguamos buscarlo constantemente. Además, el propio lenguaje popular nos demuestra que hay una envidia, conocida como sana, que nos ayuda y beneficia en ese camino del bienestar propio. Este debe ser el principio, nosotros mismos.

 

¿Por qué hacemos las cosas?, ¿por lo que nos gusta, o por lo que les parezca a los demás?. La envidia nos ha traído una gran crisis de vocación.

acción por omisión

Enviado por rober en Sáb, 02/10/2010 - 12:11

cada día mueren cientos de miles de personas en nuestro planeta por carecer de los aspectos más básicos para la vida. Siempre tenemos la sensación de que con muy poco se podrían cambiar muchas cosas, pero se queda solamente en eso, una mera sensación. Nuestros mandos a distancia nos permiten cambiar de canal para que la vida siga su curso y hacer que esa sensación se desvanezca entre las múltiples banalidades de nuestra vida diaria. Esta omisión de ayuda no nos hace sentir culpables de las miles de vidas que podríamos salvar con nuestras acciones, simplemente con pensar “... y yo que voy a hacer” nuestra mente pasa página.

Este mismo patrón se reproduce a nivel más micro con un tema tan polémico como la eutanasia. Consideramos que dejar morir a una persona al suprimirle la ayuda artificial que la mantiene viva es muy diferente a suministrarle una sobredosis de cualquier medicamento para evitar el sufrimiento.

 

Para el ser humano, la omisión está mejor valorada que la acción. Se trata de una regla empírica que nuestra mente lleva impresa a fuego, o lo que el psicobiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Hauser, llamaría un principio de la moral universal. Este profesor de Harvard afirma que la moral no sólo es fruto del uso y costumbres del entorno en el que estamos inmersos, hay una serie de principios morales comunes a todos los seres humanos que al parecer son innatos. El profesor Hauser afirma que estos principios han sido una estrategia a través de la cual el ser humano ha podido abrirse paso en la  difícil carrera de la evolución.

 

Hauser justifica que nos sentimos más cómodos en la omisión porque nos es mucho más sencillo ver las intenciones de las acciones que de las omisiones. 

La omisión, o falta de actividad, es perfectamente justificable, cualquier excusa bien argumentada le puede dar sentido a nuestros no-actos. Moralmente, la omisión actúa como un anestesiante para nuestra consciencia, permitiendo que podamos seguir actuando sin remordimientos a pesar de que en nuestro entorno reine el caos.

Por el contrario, la acción lleva implícita la intención y ésta es difícil de excusar o esconder. La acción es la antesala de los remordimientos, de los sentimientos y las emociones. Cuando actúo siento, cuando omito me escondo.

 

Estamos programados para sobrevivir y somos especialistas en el ahorro de recursos emocionales. Es por ello que la omisión siempre ha sido un camino fácil de transitar para evolucionar. Pero la omisión nos puede hacer caer en la desgracia de vivir por vivir, de vivir sin sentir o de no arriesgar por no sufrir. El mundo es de los valientes, de los locos que se atreven a hacer cosas aún a riesgo de salir mal parados. Esas son las personas que son protagonistas de sus vidas. Pero hay algo peor todavía que no actuar, se trata de estar detrás de la barrera criticando a lo que se parten el pecho por hacer lo que creen en cada momento.

 

Es peligroso dejarse atrapar por las garras de nuestra inconsciencia escuchando únicamente los cantos de sirena de la omisión. Sin duda es el camino más fácil, pero el talento, la vocación o la pasión se construyen desde la acción. Éste es un camino lleno de errores, fallos, momento duros, ... que son parte del camino y que no tienen más excusa que la de evolucionar.

la esclavitud del tener vs la libertad del hacer

Enviado por rober en Dom, 11/04/2010 - 22:28

las vacaciones son una delicia!!!, cada vez que las disfruto me doy cuenta de lo importantes que son en nuestras vidas. Las vacaciones nos acercan a lo que nos gusta hacer. La libertad de hacer. Y eso te ayuda a recordar si en lo qué trabajas te hace sentir cosas positivas.

Siempre hemos sido libres para hacer lo que nos gusta hacer. Hacer para tener. Ese era el orden. Se hacían cosas para conseguir otras. Cazábamos para comer, cultivábamos para comerciar y poder tener un poquito más, construíamos para vivir, ... pero esta tendencia natural se ha invertido. Hoy en día decidimos primero qué es lo que queremos tener, cuando lo tenemos claro decidimos que tenemos que hacer para conseguirlo. La dictadura del hacer pierde en pos de la esclavitud del tener.

La teoría de Maslow es perfecta para explicar esta realidad. Cuando no teníamos nada, vivíamos para sobrevivir. Comer, beber, existir, ... eran las tareas primarias, ellas nos llevaban a una acción cuyo objetivo era satisfacer las necesidades más básicas. La tarea nos tenía absortos en actividades vitales. A medida que fuimos cubriendo estas necesidades de manera sistemática comenzamos a pensar en cosas nuevas. ¿Por qué no vender y comprar otros productos?. Comenzamos a comerciar para tener algunas comodidades. Tanto necesidades básicas como comodidades pasaron a conformar la base de la famosa pirámide de Maslow. Poco a poco hemos ido adquiriendo la fea costumbre de incorporar, de manera casi automática, todas esas comodidades a nuestras necesidades básicas. Recientes encuestas demuestran que la gente prefiere comer un poco peor que dar de baja la línea de internet.

Esta tendencia es complicada y peligrosa. Lo que ocurre, es que comenzamos a considerar elementos triviales como cosas de primer nivel de necesidad. Lujo, comodidad,   descanso, ... bienes que tienen un precio, un precio como el resto de cosas que te puedes encontrar en el supermercado. ¿Estás dispuesto a pagarlo?. Lo que está claro es que el precio lo pones tú. Y la manera de calcularlo es sencilla.

Me ayuda imaginarme decidiendo a qué me quiero dedicar. ¿En qué pienso?, en lo qué quiero tener fruto de mi trabajo: ¿un gran coche?, ¿un piso de escándalo?, ¿unas vacaciones en sitios paradisiacos?, ... O pienso en lo qué me gusta hacer. Dedicarme a lo que realmente me guste. Seguro que no es la manera más rápida de ganar dinero, también estoy seguro de que no es un camino de rosas. Sin duda es una apuesta de futuro. Un proyecto de vida que conduce a grandes cosas. Nos llevará a tener, pero construyendo desde el principio.
Cuando el cálculo del precio lo hacemos al revés, la probabilidad de problemas se incrementa. Si pienso en “tener”, y dejo que “tener” decida, lo que tendré es prisa. Las prisas no suelen ser buenas compañeras. La prisa lleva a la precipitación. Y además, lo que tiene la prisa es que es subjetiva. Al apresurarnos dejamos que el “tener” decida por encima del “hacer”. Y esto puede resultar fatal a la hora de decidir en qué trabajar, porque esa prisa convertirá el “hacer” en una esclavitud. Una esclavitud no tan diferente de esa que nos ponen los medios en el tercer mundo. Lo que importa es poder pagar la factura del paquete de bienestar que hayamos escogido. Si para ello tengo que estar todo el día haciendo algo que me aburre o estresa ... da igual. Los soporto diciendo: “gajes del oficio”. Ese camino lleva a la frustración, a la depresión, a la venta del alma al diablo. Nos aleja de lo que nos gusta hacer, y en lo que por tanto podríamos destacar con mayor facilidad.
La otra opción consiste en saber cuál es el precio de las cosas. Hacer lo que sabes y te gusta hacer, y que eso te lleve por el camino correcto.

Las dos opciones llevan a tener lo mismo. Ahora bien, el precio es diferente. La opción más cara paga el ahorro de tiempo; la opción más barata, lo es, por incluir más dificultades ... pero dejar un mejor sabor de boca. La decisión ya es un tema personal ....

el camino de la motivación

Enviado por rober en Sáb, 06/02/2010 - 22:08

 es muy fácil sucumbir a la tentación de identificar la felicidad con algo vacío, con algo banal. Nuestra sociedad nos ha hecho creer que la felicidad consiste en la satisfacción más física, en temas materiales, en aspectos pasajeros, en algo fácil. Y claro, pensar en ser feliz trabajando resulta difícilmente comprensible.

Ser feliz en el trabajo tiene mucho que ver con la motivación, porque la motivación no son más que motivos, motivos para hacer lo que te gusta hacer. ¿Y cuáles son estos motivos?. Autores como Dan Pink nos ayudan a profundizar en estos motivos, reflexionando sobre sus ideas encuentro cuatro motivos que el profesional del siglo XXI necesita para poder ser feliz en su trabajo. Ahí van:

 

1º Autoconocerse: pasamos días, semanas, meses, años, ... pensando en temas acerca de  la familia, de los amigos, de la pareja, del trabajo, .... en esta retahíla aparece, “de mi mismo”, casi al final y con minúsculas. No sabemos cómo somos, pasamos por la vida con el piloto automático puesto, luchando para convertir nuestros actos en hábitos, para de este modo pasarlos al inconsciente y convertirlos en respuestas casi automáticas que no consumen energía alguna del cerebro. Debemos vencer esta pereza natural dedicando un hueco en nuestras apretadas agendas a nosotros mismos. Saber qué es lo que nos roba la felicidad, saber porqué hago determinadas cosas, porqué me llevo mejor con unas personas que con otras, porqué me gusta hacer más unas cosas que otras, ... Investigar sobre nuestras fortalezas y sobre ellas construir un buen futuro, un futuro trabajando en lo que te haga feliz.

 

2º Autonomía: el concepto del management es un invento del hombre, y cómo todos los inventos del hombre, tienen fecha de caducidad. Quizás ese día ya esté aquí, y ese concepto jerárquico de las organizaciones con jefes mandones y empleados obedientes dará paso a organizaciones con profesionales comprometidos. Profesionales que hacen lo que hacen porque confían, por lo tanto se comprometen, y ese compromiso es el motor del cambio. Cuando se sienten autónomos, se sienten libres para hacer lo que les gusta; sin ataduras, sin miedos. En eso consiste la autonomía.

 

Flow: cuando existe equilibrio entre las habilidades y los retos disfrutamos de un estado mágico: el flow. El flow nos lleva por un camino donde seremos felices trabajando. Salirse del camino supone estrés y ansiedad, por ser los retos mayores que las habilidades. Eso nos lleva a no poder disfrutar de lo que estamos haciendo. Pero lo que es aún peor, salirse del camino también puede suponer aburrirse. Y el aburrimiento es más peligroso que el estrés. El hombre necesita metas, por eso cuando las habilidades son mayores que los retos nos aburrimos. El aburrimiento hace que todo lo que hacemos pierda su significado y pase a ser una simple tarea. Debemos buscar el equilibrio entre habilidades y retos; ese es el camino; ese es el flow.

 

4º Sentido: hay una frase de Nietzsche que resume a la perfección este motivo: “el que tiene un porqué para vivir, puede soportar cualquier cómo”. Necesitamos la tensión interior que nos ayude a buscar el propósito. La tensión interior surge de la diferencia de los objetivos por alcanzar menos los objetivos alcanzados. Si la tensión interior es negativa significará que nos habremos rendido en vida, habremos aceptado que nuestra vida se ha acabado porque ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. Tenemos que buscar metas en la vida que nos ayuden a tener esa tensión interior positiva. Porque cuando es positiva tiene sentido; la negativa carece de él.

 

Estos cuatro motivos construyen una parte fundamental de la motivación. Básicamente se trata de hacer algo porque realmente te apetece. Sin recibir ninguna presión, simplemente sintiéndose libre para escoger. Sin miedo, sin peros, con todas las consecuencias, asumiendo lo malo como parte de un camino que tiene una recompensa final: hacer lo que te gusta. Sin importar lo que digan los otros, sin tener en cuenta lo que la cultura de mi entorno predique que es correcto o incorrecto. Trabajar por algo mayor que la tarea, trabajar por un objetivo, un objetivo cuyo mapa presenta un montón de caminos para alcanzarlo. Y tú sabes el camino más corto!!!.

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