blog de rober

un mundo interior

Enviado por rober en Mié, 15/05/2013 - 14:36

¿Dónde sucede lo más interesante de nuestras vidas?, ¿dentro o fuera de nuestra cabeza?. La semana pasada vi una película que me recomendó un buen amigo: “La escafandra y la mariposa”. 

El filme muestra la vida de un famoso periodista francés que sufre el síndrome del cautivo, una afección que postra a quien la padece en una cama sin posibilidad de mover ni un sólo músculo de su cuerpo, excepto los párpados. El protagonista, ayudado por logopedas, consigue desarrollar un sistema de comunicación a través de los movimientos de sus párpados que le permite relacionarse con los que le rodean, pero lo verdaderamente interesante de la película no reside en lo que sucede de cara a fuera, sino dentro de la propia cabeza del personaje. Un cerebro intacto que le concede una vida muy diferente de la que había llevado hasta el momento.

La cinta es un claro alegato sobre la importancia de la vida interior. Un mundo donde la imaginación y el pensamiento se erigen como armas para construir el antídoto contra la muerte, herramientas íntimamente ligadas a la esencia del ser humano y que hacen a éste libre de las ataduras que nos impone nuestro entorno.

 

En un mundo orientado a la cultura del entretenimiento, pensar es algo que está totalmente infravalorado. Nos han hecho creer que pensar es sinónimo de no hacer nada. Trabajar o divertirse son sinónimos de acción, de hacer, pero no de pensar. ¿Y por qué pensar no es un verbo asociado a la acción?, tengo la sensación de que esto es así porque no se ve lo que pensar lleva asociado. En esta película, por contra, el pensamiento es acción, es vida, es un acto a través del cual se crean condiciones que permiten a su protagonista estar más cerca de su propia esencia.

 

Por desgracia, hemos diseñado un entorno en el que las prisas y la velocidad no dejan tiempo para pensar, ese es un lujo al alcance de muy pocos. Como consecuencia tenemos vidas ajenas, realidades diseñadas por la premura de la acción. Cuando la acción no esta precedida del pensamiento propio, el resultado es algo que poco tiene que ver con nosotros mismos. La coherencia con nuestro mundo interior sólo puede darse si somos conscientes de su existencia y dedicamos tiempo a conocer lo que allí sucede.

 

Imagínate que un compañero de trabajo te ve sentado en tu silla sin hacer nada, se acerca y te pregunta: ¿qué estas haciendo?, y tu le respondes: pensando. Seguramente tu compañero creerá que estás perdiendo el tiempo. Por contra, si te ven apurado por los pasillos, de reunión en reunión, colgado del teléfono, rodeado de papeles, estresado, sin tiempo para nadie,.... pensarán que trabajas un montón. 

Sinceramente creo que ésta es una de las causas de la muerte de las empresas. Cuando sólo se trabaja, lo que se está produciendo es la antesala de la caducidad, es la crónica de una muerte anunciada. ¿Por qué?, porque se niega el paso al mundo de las ideas, de la reflexión, de los seres humanos. Si una empresa no permite que sus profesionales tengan una vida interior profesional, es probable que carezcan de los mecanismos necesarios para hacer frente a los retos del futuro.

El problema de todo esto es que no se puede medir fácilmente, no tienen su claro reflejo en las cuentas de resultados, y por lo tanto no tienen sentido desde un punto de vista del “management”. El mundo de la empresa, al igual que nuestro mundo personal, está desbordado por la cultura del entretenimiento, de lo evidente, de lo que nos evita la dura carga de reflexionar sobre las cosas. 

 

La empresa está atrapada también por el síndrome del cautivo, pero a diferencia del protagonista de “La escafandra y la mariposa”, no utiliza su cerebro para pensar, para liberarse de la dura carga de los prejuicios, de las apariencias, para ser más uno mismo y no lo que los otros creen que debería ser. 

La escafandra tiene una alternativa, se trata de la mariposa.

santa rita, rita, lo que se da no se quita

Enviado por rober en Sáb, 27/04/2013 - 01:07

los niños pequeños y sus hábitos nos muestran buena parte de los patrones comunes de nuestra inconsciencia colectiva. Quién no ha visto niños que reclaman el derecho de propiedad de sus juguetes, la palabra “mío” es un recurso muy habitual en los críos, esos que carecen de experiencias que moldeen sus accciones. Las acciones de los más pequeños es la muestra más cercana a los principios de nuestra irracionalidad. Reclamar el derecho a lo propio es una de las bases sobre la que se sostenta la evolución del ser humano, gracias a ella hemos atesorado los bienes que necesitábamos para vivir.

 

Vivir es un asunto complicado porque está lleno de encruzijadas, cruces de camino que exigen tomar decisiones. Nuestras decisiones están totalmente sesgadas por las características de la irracionalidad, es ésta la que influye de una manera invisible a la hora de tomar un camino u otro, y en este caso, es nuestro deseo por atesorar quien fija la dirección. Nuestra irracionalidad actúa como un mago que engaña a nuestros sentidos para mostrarnos lo que quiere que veamos, eso sí, haciéndonos creer que es nuestra racionalidad la que lleva el timón del barco.

Ese sentimiento de propiedad que nos invade desde pequeños pasa a formar parte de nuestro mecanismo más primario de toma de decisiones.

 

“Santa rita, rita, lo que se da no se quita”, ese es un dicho muy popular que expresa todo lo comentado anteriormente, una simple rima que define al ser humano a la perfección. Como vivir, es atesorar para vivir mejor, hemos llegado a puntos de saturación que nos deberían hacer pensar dónde está el límite de las cosas.

Nuestros sentimientos de propiedad nos han llevado a estándares insostenibles, hemos dado forma a una base de necesidades que consume demasiados bienes materiales. La manera de mantener este sistema se sustenta en el dinero, y esa se ha convertido en nuestra persecución diaria, ganar dinero para mantener la base de un bienestar ficticio. La esclavitud moderna es ahora fruto de un deseo incontrolable por tener. ¿Tener qué?, esa quizás sea una buena pregunta: ¿tener qué?. 

 

El caso es que todo esto nos está haciendo mucho daño, está desarrollando unas raíces demasiado profundas, amenaza a nuestra imaginación, desincentiva el riesgo por hacer cosas nuevas, fometa el “status quo”, atrofia nuestra atención, cambia nuestros sistemas de prioridades, altera nuestro juicio, desatiende a nuestras pasiones y desenmascara a nuestra peor versión.  

Nuestra necesidad por mantener el actual nivel de vida, fija nuestra atención en el pasado y desatiende el futuro. El futuro es sólo una hipótesis, mientras que nuestra experiencia pasada es algo tangible contra lo que podemos comparar. Como seres que aprenden de acuerdo con la comparación, nuestro gusto por el pasado y por la tradición nos amordaza para acomoter cambios fundamentales. Si alguien es capaz de soportar lo insoportable por el mero hecho de ganar dinero, ¿qué le va a suceder cuando esta situación termine?. Hasta ahora las situciones eran estables, hoy las situaciones cambian cada minuto, y mirar hacia atrás ya no es un buen punto de refrencia. Mirar hacia adelante ayuda a crear situaciones nuevas, pero para ello se debe ser consciente de que nuestro deseo por tener nos puede frenar. Si conseguimos una base ligera sobre la que movernos, cualquier camino es más sencillo que aquel por el que transitamos con una mochila de 100 kg.

 

Cuando nuestra irracionalidad secuestra nuestro bienestar, es recomendable fijar nuestra atención en los efectos secundarios de sus fechorías. Piensa en el “Santa rita, rita, lo que se da no se quita”, piensa de qué podrías prescindir; no prescindas de ello, pero debes ser consciente de que su presencia no puede condicionar la base de tu bienestar.

¿Y si tenemos más que suficiente?, pero, ¿cuánto es suficiente?.

nuevas aventuras

Enviado por rober en Sáb, 02/02/2013 - 22:35

el pasado 4 de enero este blog cumplió 5 años. Recuerdo a la perfección la idea inicial y es bonito comprobar como después de mas de 200 entradas esa idea ha evolucionado hacia el lado más humano de las cosas. El blog me ha dado la oportunidad de pensar y reflexionar sobre cómo somos las personas. Ideas que evolucionan y me permiten conocer un poco mejor el mundo en el que vivimos.

 

Hay una serie de temas recurrentes, uno de ellos, como no, es el dichoso cambio. Mucho se habla y se escribe sobre este tema. Es muy fácil pensar en él como algo necesario, pero es bien cierto que cuando nos enfrentamos a él todas las teorías e ideas se diluyen en pos de nuestras inercias. Es ciertamente enriquecedor pero a la vez resulta incómodo. Exige valentía, riesgo, incertidumbre y también un punto de inconsciencia. 

 

Empiezo el 2013 con un gran cambio en mi vida profesional. Tras trece años trabajando en la misma empresa, el próximo 11 de febrero comienzo una nueva aventura profesional. Una decisión difícil ya que dejo una organización preciosa repleta de gente maravillosa. La inconsciencia de la que hablaba antes, es algo que perdemos a medida que nos hacemos mayores. La vida nos va aportando cada vez más datos e información en base a la cual tomamos las decisiones. Dejar algo bueno para buscar algo mejor, es un ejercicio complicado cuando no sabes lo que te espera. Para tratar de explicarlo de otro modo se me ocurre el símil de cruzar un río saltando de piedra en piedra. Estás en una piedra bien asentada y ves la otra a tu alcance, pero la duda es si aguantará tu peso, si se moverá, si resbalará. Te apetece quedarte en tu roca por si las moscas, no vaya a ser que te mojes. Quedarte en tu roca significa no cruzar el río, pero eso es algo que desechamos frente a la incomodidad de mojarnos. A veces, la mejor estrategia es no pensarlo, saltar y ver qué pasa. 

 

No es que sea un inconsciente y que la decisión tomada sea algo que haga sin pensar, pero sí que es algo que me ha ayudado a reflexionar sobre mi orientación al cambio. La comodidad da mucho calorcito, pero llega un punto en el que ese calor te deja dormido. Esta nueva etapa me ayudará a despertar, a tener el frío necesario para buscar de nuevo el abrigo. Creo que me esperan aventuras maravillosas, puedo parecer un iluso, pero sinceramente he comprobado que visionar el futuro con optimismo ayuda a que éste suceda. La parte mala de todo esto es que ocupa todos mis recursos mentales y me impide escribir con la periodicidad que me gustaría. Hoy he tenido el primer hueco para seguir con el blog, algo que no me gustaría abandonar ya que me sirve para continuar plasmando ideas que a la postre son un reflejo de mi crecimiento como persona. 

 

Cambiar ayuda a crecer, y crecer es algo que rige la genética de las personas. Fiel a mi código genético, comienzo la búsqueda de nuevas ideas, de nuevas soluciones a problemas que tienen que ver con las personas. Ésta es una gran oportunidad para poner en práctica muchas cosas aprendidas en los últimos años. Es tiempo de escuchar, de observar y aprender, de entender otras formas de hacer y de aportar la visión de alguien que llega de nuevas. Mi nueva empresa es un territorio por explorar, por descubrir paisajes y formas de hacer. Qué suerte tengo!!!. 

 

Me apetecía compartir con vosotros todo esto porque cuando lo escribo adopta una forma más sólida que cuando simplemente lo pienso. Compartiré nuevas ideas y espero acudir a la cita periódica que el blog exige. Si no es así, espero me sepas disculpar, porque recuerda, estoy cambiando....

 

como pollos sin cabeza

Enviado por rober en Sáb, 08/12/2012 - 11:18

el otro día escuchaba una frase en la radio que, bajo mi punto de vista, refleja a la perfección buena parte de los problemas de nuestra sociedad. Esta frase decía: “... sobra inteligencia y falta constancia”. Cuando las cosas te llaman la atención es por algo, y en mi caso, ese algo es la sociedad con la que interactúo y a la que le hago preguntas tan sencillas, a priori, como: ¿por qué has escogido tus estudios?, ¿qué es lo que te gusta?, ¿cuáles son tus pasiones?,... Los resultados de mis pesquisas suelen toparse con apatía, con desgana, con falta de energía e ilusión por hacer las cosas. Me falta vocación, me falta pensamiento propio, no encuentro ideas y me sobran recetas de conceptos precocinados y presentados en el mismo plato una y otra vez. Una sucesión de fotocopias carentes de sentido y muy lejos de la autorealización que se le debería exigir a cualquier profesional.

 

Una buena metáfora para entender estas respuestas se encuentra en nuestra relación con el tiempo. El tiempo en un factor determinante para medir los esfuerzos y la capacidad de sacrificio de la sociedad. Si envías un video de cinco minutos por correo electrónico es muy probable que poca gente lo vea. Hoy en día cinco minutos en internet son una eternidad, son millones de clicks, idas y venidas sin un rumbo claro y con un único objetivo: vagar entre millones de estímulos sin que nada se quede, todo pasa rápido por delante de nuestro ojos. El tiempo se ha convertido en esto, en un viaje fugaz en el que cada día hay más cosas hacia donde mirar y pocas a las que ver. Bajo estas circunstancias, estudiar cinco años, o peor aún, cumplir esa regla de las 10.000 horas para convertirse en un maestro, parece una empresa harto complicada. Si un video de cinco minutos es algo duro de asimilar, imagínate centrarte en un tema concreto 10 años de tu vida. 

Resulta revelador comprobar que a pesar de todo ello admiramos a las personas que son muy buenas en sus campos profesionales: estudiosos, empresarios, investigadores, deportistas, artesanos,... a todos nos gustaría ser como ellos, personas que dominan lo que hacen y disfrutan de esa sensación de control. Esa sensación de control es fruto de miles de horas de esfuerzo, de trabajo duro y de sacrificio. El resultado es una pasión altamente contagiosa que a todo el mundo atrae y encandila, pero ocurre, que detrás de la misma hay un camino invisible para el gran público y del que no somos conscientes. Detrás de las vidas inspiradoras suele haber de todo menos un camino de rosas, y en todos los casos se repiten historias de perseverancia, de sueños perseguidos hasta la extenuación. Ver la foto final resulta muy sencillo para cualquiera, el caso es que si nos propusiesen todas las penurias y privaciones necesarias para conseguirla, pocos aceptarían el trato. Parece contradictorio, admiramos cosas que luego evitamos por suponer demasiado esfuerzo. 

 

Tal y como decían en la radio, somos más inteligentes que nunca pero nos están robando la constancia que necesitamos para construir nuestros mundos personales. Mundos donde apostemos por lo que nos gusta, algo muy complicado de encontrar en una sociedad repleta de tentaciones banales y carentes de sentido. Si no somos capaces de encontrar lo que nos apasiona será realmente difícil que tengamos la perseverancia necesaria para llegar a buen puerto. 

Tenemos entre nuestras manos un par de generaciones a las que le estamos robando este bien tan preciado, el de hacer lo que les gusta. Les damos todo masticado. Nos encanta decirles cómo tienen que vivir y que deben de hacer ante cada una de las encrucijadas de la vida. Tras la buena intención de evitar el sufrimiento estamos generando uno nuevo, más indirecto pero mucho más doloroso a largo plazo, básicamente porque convertimos a las personas en seres menos capaces. 

Los estudios es otro de esos buenos ejemplos. Recomendar carreras, hacer aquello que tenga más salidas,... consejos que alejan a las personas de descubrir lo que realmente les gusta, del placer de vivir una vocación. Sólo cuando vivimos ese placer es cuando se enciende la chispa de la constancia, la otra cara de la moneda son los atajos, las fórmulas rápidas para conseguir esa foto final que nos han pintado otros. Deberían prohibir los rankings de aquellos estudios con mayor demanda, porque lo único que provocan es confusión entre unos jóvenes cuya quimera es ganar dinero para tener acceso a un mundo repleto de estímulos superficiales.

 

Mientras cinco minutos sigan siendo una eternidad, tenemos el problema de que nuestra atención se entretendrá en todo pero no entenderá nada. Si no pensamos no avanzamos, y en estos tiempos tengo la sensación de que más que pensar lo que nos gusta es correr como pollos sin cabeza.

efemérides

Enviado por rober en Sáb, 24/11/2012 - 11:57

todo, absolutamente todo tiene fecha de caducidad. Las cosas vienen para irse, su tiempo siempre es limitado. Piensa en algo que permanezca eternamente... seguro que no te resulta sencillo encontrar algo, simplemente porque no hay nada.

Nuestro tiempo es un préstamo, es algo que nos pertenece sólo en parte y que fuerzas mucho más grandes que nosotros mismos deciden donde empiezan y terminan las cosas. Nacemos y morimos y eso hace que todo sea efímero. 

 

Creo que nadie puede discutir lo pasajero de nuestra existencia, lo que ocurre es que esto es algo que no solemos pensar y que por lo tanto olvidamos con cierta asiduidad a la hora de vivir. La rutina del día a día hace que nos olvidemos que estamos de paso, que todo está de paso. ¿Y por qué hablo de lo pasajero?, pues porque simplemente tengo la sensación de que últimamente me encuentro con demasiados casos en los que olvidamos esta ley universal inmutable. Olvidar este echo ha cogido a muchas personas con el pie cambiado, viviendo la ilusión de que las cosas duran tanto tiempo como nosotros queramos.

 

Las empresas no son una excepción y también disfrutan de un tiempo limitado, no existen eternamente, y visto lo visto, la esperanza de vida de las mismas se reduce cada día un poquito más. Resulta paradigmático, mientras que el ser humano no deja de incrementar su esperanza de vida, las empresas no encuentran la manera de sumarse años. Esta nueva realidad nos “obliga” a vivir cada día cambios más rápidos y profundos, lo que antes era una hecho: empresas para toda la vida; ahora es una especie en peligro de extinción. 

 

Al vivir nosotros más tiempo que la gran mayoría de las organizaciones se produce un hecho curioso: cada vez nos veremos más forzados a cambiar de trabajo, algo que puede ser ajeno a nuestro voluntad pero donde la realidad manda. Es precisamente esta realidad la que nos obliga a cambiar el chip acerca de cómo afrontar nuestra nueva vida laboral. Nuestras vidas y las de las empresas son pasajeras pero con tiempos diferentes. En el pasado, la esperanza de vida de ambas era similar, pero hoy el hombre le gana en años a la empresa. Estamos en tiempos fugaces, vivimos en un sistema que cada día va más rápido, y esa velocidad provoca que el cambio llegue antes. Éste está aquí para quedarse y toca hablar de él como un elemento permanente del paisaje.

 

Debemos adaptar nuestra forma de interpretar el futuro, básicamente porque éste ha cambiado. Ya no podemos pensar en él en términos de estabilidad, ahora los obstáculos que nos separan de nuestros objetivos futuros no dejan de moverse, cuando antes eran estáticos como piedras. 

Ese modelo del pasado, en el que las empresas nos protegían hasta que lo hacía el Estado, no puede sobrevivir en un mundo donde las reglas se modifican para adaptarse a cada nuevo paso. Debemos ser nosotros los que cambiemos el modo de ver y afrontar los obstáculos, porque si esperamos a que alguien lo haga por nosotros vamos listos. 

La flexibilidad ha dejado de ser una característica deseable para convertirse en una necesidad básica. De nada valen modelos educativos que sólo enseñen a hacer y prohiban pensar. Ahora hay tantas formas de hacer las cosas que sólo la capacidad de pensar nos puede ayudar a leer lo que hay delante de nuestros ojos. 

 

Para pensar hay que ayudar a la gente a que tenga pensamiento propio, de nada vale imponer formas de ver las cosas que pronto caducan en este mundo efímero. Deberíamos dejar de hacernos las mismas preguntas, pensar nuevas respuestas, y quizás entonces entenderíamos ese slalom móvil que ahora se intuye en el futuro de una vida pasajera. Es tiempo de oportunidades para los avezados que antes comprendan esta nueva realidad, es momento de cambiar y está clarísimo que la responsabilidad es tuya.

si yo rasco tu espalda, tú rascas la mía

Enviado por rober en Dom, 11/11/2012 - 19:37

algunas de las teorías más aceptadas en la evolución de nuestro cerebro hablan de éste como una herramienta de seducción. Mientras que nuestros vecinos del mundo animal han adaptado y mejorado algunos de sus atributos externos para acercarse a sus parejas, nosotros hemos evolucionado las capacidades de nuestro cerebro como herramienta para conseguir perpetuar la especie. A pesar de lo que pueda parecer, los comportamientos están muy por encima del aspecto externo a la hora de perpetuar relaciones. Nuestro entorno nos recuerda cada día que lo físico y lo que se ve es lo importante. El aspecto físico está sobrevalorado!!!. Éste es un buen indicador de conquistas a corto plazo, pero como suele ocurrir con lo que se ve, la belleza física también caduca. Los comportamientos son un elemento estable, y eso los convierte en el aspecto más fiable a la hora de establecer relaciones a largo plazo. Cuando alguien te cae bien, cuando la forma de ser de otra persona te atrae, cuando lo que alguien hace en su vida llama tu atención, es cuando los comportamientos aportan ese “granito de arena” que decanta la balanza hacia el: sí, quiero. Y no sólo hablo de matrimonio, hablo de amistad, de amor, de admiración, de inspiración. Cuando alguien observa un modelo de comportamiento que se adecua con su modo de ver la vida, todas estas opciones surgen delante de sus propios ojos.

 

El comportamiento es la mejor arma que poseemos para acercarnos a los demás, y para separarnos también. Tenemos la mala suerte de convivir con un modelo de comportamiento socialmente aceptado que somete a nuestro mundo a una tensión de la que ahora sufrimos parte de sus consecuencias. Hablo de la codicia, de la avaricia, de la usura. Un comportamiento que nuestro modelo de sociedad ha fomentado y mantenido durante quizás demasiado tiempo.

Nuestros antepasados encontraron en la reciprocidad ese instinto en base al cual sobrevivir y perdurar como especie. Los animales que conviven en grandes grupos pacíficos parecen violar unas leyes de la evolución basados en la competitividad y la supervivencia del más fuerte. La estrategia de “si tú rascas mi espalda, yo rasco la tuya” es algo cuya efectividad está más que demostrada. Robert Cialdini habló de un reflejo automático de reciprocidad alojado en nuestro inconsciente, de manera que cuando alguien nos hace un favor nosotros respondemos con otro favor. Una estrategia en la que el primer movimiento es realmente importante ya que determina el signo de su respuesta.

Esta forma de entender las relaciones va más allá del altruismo entre parientes, se trata de la puerta tras la cual se abre un mundo repleto de relaciones cooperativas con otras personas.

El egoísmo es un suicidio genético. Su implantación en nuestra sociedad supone un peligro de supervivencia para el mundo tal y como lo conocemos. Si jugamos a un juego de suma cero, en el que unos ganan y otros pierden, corremos el riesgo de convertirnos en una especie destructiva para nosotros mismos.

 

Cuando nuestro comportamiento está basado en el egoísmo, anulamos la posibilidad de construir relaciones estables a largo plazo, y eso supone un riesgo en sí mismo. Por ejemplo, las empresas cada vez “mueren” más jóvenes víctimas de una voracidad basada en juegos de suma cero. Luchamos para ganar a los otros, no para crecer juntos. Esta  codicia por el beneficio nos deja sin oficio. La alternativa pasa por modificar nuestro comportamiento, individualmente primero y socialmente después. Modelos de comportamiento basados en la reciprocidad, cuyo valor más importante sea el bien común, donde la justicia abogue por la importancia de las relaciones definidas según estas reglas. Todo lo demás queda relegado a un segundo plano por carecer de interés para nosotros como especie.

 

Comportarnos para seducir, no sólo a nuestras parejas, también a nuestros amigos, a nuestra familia, a nuestros compañeros de trabajo y a todo aquel que se cruce en nuestro camino. Sé que todo esto suena algo utópico, no me cabe duda, pero también sé que si no hablamos de ello nunca veremos otra alternativa al modelo en el que vivimos. Creo que en tiempo de tantos debates y consultas populares, es también tiempo de poner encima de la mesa la importancia de todo esto y revisar que comportamientos son los que van a heredar nuestros hijos, porque esa es nuestra responsabilidad, porque nuestros antepasados lo hicieron antes y ahora nos toca a nosotros.

perspectiva

Enviado por rober en Sáb, 20/10/2012 - 11:11

me gusta volar, los paisajes desde un avión siempre aportan un punto de vista interesante. Ver las cosas desde las alturas las hace más claras y comprensibles, el paisaje parece más asequible y resulta más sencillo entenderlo.

Desde el cielo, el mar más embravecido parece un suave manto de agua, la Antártida recuerda a un cuento de navidad y el desierto del Gobi se asemeja a una cálida alfombra de arena. Los paisajes más inhóspitos del planeta, vistos desde arriba, parecen paraísos terrenales. Las guerras, el hambre, la miseria, la corrupción,... son invisibles desde el cielo. Cuando vemos las cosas desde cierta distancia suelen mejorar la versión de la realidad más terrenal.

 

La perspectiva es un punto de vista directamente relacionado con la sabiduría. Cuanta mayor es la distancia, mayor sentido cobra la visión.
Otra de las características de la perspectiva es que posee dos dimensiones: la espacial y la temporal. Cuando vemos el paisaje desde el avión percibimos la dimensión espacial. Resulta sencillo comprender el valor de la perspectiva espacial, la vista de pájaro es sin lugar a duda muy superior a la del viandante. Este tipo de perspectiva se mide en centímetros, metros, kilómetros,... Por contra, la unidad de medida de la perspectiva temporal se mide en segundos,minutos, horas, días, meses y años. Lo que ha sucedido hoy, si lo observamos dentro de un año, resultará muy diferente a lo que sentimos hace un rato. Un enfado hoy puede significar amor mañana. El tiempo lo cambia todo!!!.

 

Parece evidente, ¿no?. Pero ocurre que en nuestra cotidianidad es más complicado de lo que parece entender el valor de la distancia temporal. La inmediatez nos resulta más obvia e instintiva a la hora de resolver las situaciones. ¿Por qué? básicamente porque nos ofrece reacciones que nos previenen de caer en tentaciones como la de sentirnos relajados; mantenernos alerta nos protege del dolor que produce la equivocación. Las emociones que nos hacen estar alerta disponen de los sentidos a su antojo, garantizando que la atención estará totalmente dirigida a la reacción necesaria para evitar la contrariedad. 

Este foco de la atención nos aparta del infinito mundo de las opciones. La exclusividad a la que sometemos a nuestra atención cuando sentimos el peligro nos hace esclavos de la inmediatez. No existe nada más que lo que está delante de nuestros ojos. 

Esta sería una buena forma de describir uno de los extremos de la perspectiva temporal. La falta de visión a la que nos somete los segundos se ve contrarrestada por la poderosa perspectiva que ofrecen los años. 

 

En muchas culturas la vejez es sinónimo de sabiduría. La distancia que dan los años conforma una experiencia que ayuda a ver las cosas de una forma diferente. De ahí la expresión: “la experiencia es un grado”. Los años aportan tranquilidad a nuestra inquietud reaccionaria, la dotan del tempo que necesita para hacer las cosas desde un punto de vista más elevado, y que por lo tanto comprende mejor todas las implicaciones. La experiencia nos enseña cómo funciona la ley de acción y reacción, y la comprensión de esta ley nos ayuda a modificar nuestra forma de vivir.

 

Lo que hoy parece negro, dentro de unos años se convertirá en los rayos de sol que nos permitan ver y entender el presente. Tomar distancia sobre el presente nos aporta calma, permite apaciguar los impulsos de nuestros sistemas de alarma y sus efectos sobre la atención. Tomemos aire y dispongámonos a tratar de calmar nuestro pesimismo. Vamos a permitir que nuestros sentidos no sólo piensen en lo evidente, dejémosles pensar en todas las direcciones, en imaginar lo inimaginable, en buscar soluciones distintas, en hacerse nuevas preguntas, en dudar de lo que siempre han hecho. 

Desde un ala delta y un transbordador espacial se ve lo mismo: la tierra. Pero, ¿se parecen ambos paisajes?, ¿cuál crees que es más espectacular?. Se trata de preguntas retóricas, pero ¿a qué no lo son tanto si hablamos de otras cosas más relacionadas con tu vida?... Recuerda: distancia = sabiduría.

regreso al futuro

Enviado por rober en Dom, 07/10/2012 - 00:02

“el ser humano es el único animal que tiene la capacidad de pensar sobre el futuro”. Con esta frase, el psicólogo Dan Gilbert apunta una característica de las personas que nos hace realmente especiales y únicas en el reino animal. ¿Sabías que un 12% de nuestros pensamientos diarios son sobre acontecimientos futuros?, o lo que es lo mismo, cada ocho horas de pensamiento incluye una sobre acontecimientos que aún no han sucedido.

El secreto de  este poder oculto, como muchos otros que poseemos, se encuentra en nuestro cerebro, un órgano, que en el caso de los humanos ha crecido hasta el doble de su tamaño original. Este proceso de crecimiento no ha sido proporcional en todas las partes del cerebro, las circunstancias adaptativas de nuestra evolución llevaron a que el lóbulo frontal de los humanos fuese mucho mayor que el del resto de compañeros del reino animal. ¿Y para qué sirve el lóbulo frontal?, pues básicamente su misión es la de planificar, pensar en el futuro y alejarnos de la cárcel que supone el presente, algo de lo que no pueden presumir el resto de seres vivos. Vivir sin planificar consiste en cederle el protagonismo de nuestro destino al presente, y de este modo convertimos en víctimas de las circunstancias.

 

Durante mucho tiempo se pensó que el lóbulo frontal del cerebro era un añadido que poco aportaba a nuestras capacidades. En 1930, el médico portugués Antonio Egas Moriz, para tratar a sus pacientes que sufrían episodios psicóticos severos, comenzó a utilizar una práctica llamada lobotomía frontal, que consistía en la destrucción química o mecánica de parte del lóbulo frontal. El resultado de esta cirugía era que los pacientes dejaban de tener esos ataques y estaban mucho más calmados. Poco a poco, esta práctica se comenzó a utilizar como tratamiento alternativo para casos de depresión y ansiedad que no respondían a otros tratamientos.

Los pacientes aparentemente mantenían todas sus habilidades, superaban las pruebas de inteligencia sin problema y a simple vista todo seguía igual. Pero lo que realmente eran incapaces de hacer los pacientes a los que se le extirpaba parte de su lóbulo frontal era planificar. Su capacidad para decidir que iban a hacer en las dos horas siguientes era nula.

 

Los resultados de estas prácticas quirúrgicas mostraron un claro nexo de unión entre la capacidad para planificar y la ansiedad. SIn duda, planificar es algo que hace al ser humano afortunado, ya que tiene la oportunidad de dar una dirección a su vida. Pero la posibilidad de reflexionar sobre lo que no ha sucedido también nos somete al tormento de las expectativas no cumplidas, cuando éstas hacen acto de presencia nuestros niveles de ansiedad activan la alarma de que algo no va bien.

La frustración por no alcanzar el futuro anhelado es la otra cara de la moneda, es el precio a pagar por vislumbrar el porvenir... y todo ello sucede en esta zona exclusiva del cerebro humano.

 

Vivimos en un mundo de promesas, de sueños, de modelos a seguir, toda una batería de material en base al cual desarrollar nuestras expectativas, nuestros deseos. Tengo la sensación de que el listón cada día lo ponemos un poquito más alto, siempre un poco más lejos de nuestro alcance. Todo ello deja una gran distancia entre la realidad y el futuro soñado. Cuando esto sucede los niveles de ansiedad se incrementan de manera alarmante dando lugar a males tan comunes como la depresión.

La solución de Egas Moriz para tratar estos desordenes es una vía, pero ya sabemos cuales son las consecuencias. Otra vía menos invasiva consiste en trabajar sobre las expectativas, en acercar los sueños a la realidad, en trazar las vías para conseguir que lo que deseamos sea posible, no una quimera en cuyo camino perdamos la salud y bienestar que necesitamos para vivir. 

 

La verdad es que nos lo ponen muy complicado, porque siempre hay quien se encargue de dibujar esa zanahoria imposible de alcanzar, pero digo yo, ¿no era que el lóbulo frontal es algo que nos diferencia de los animales?, pues actuemos como dueños de nuestras vidas y de nuestras expectativas. Mientras dejemos que otros las definan por nosotros, todo el trabajo que ha hecho la evolución para darnos un lóbulo frontal superdotado no sirve de nada. Si conseguimos manejar en nuestro propio beneficio ese 12% de nuestros pensamientos diarios que dedicamos a imaginar futuro, la batalla será más sencilla.

padres e hijos

Enviado por rober en Sáb, 01/09/2012 - 09:59

la arquitectura de nuestra sociedad posee dos elementos fundamentales que en ciertos aspectos son contrapuestos, se trata de padres e hijos. La relación entre ambos me recuerda esa pregunta transcendental: ¿quién fue antes, el huevo o la gallina?. Pregunta de difícil respuesta y cargada de connotaciones filosóficas. Con padres e hijos me sucede algo parecido, no sabría decir quien va primero y quién después, el caso es que ambos son actores principales de la obra de teatro que conforma nuestra vida. La distribución de papeles en esta obra de teatro es ciertamente curiosa; todos los protagonistas son hijos en algún punto y la mayor parte de ellos en algún momento de la obra pasan a ser padres. En dicha obra de teatro los papeles están perfectamente asignados: los hijos representan lo nuevo, lo contestatario, las ganas de avanzar, la falta de miedo, la necesidad de experimentar, el amor por aprender,.... Lo padres, en cambio, representan otra papel que ofrece un contrapunto a lo que representan los hijos, ofrecen esas características que aportan equilibrio a la obra y que tranquilizan el ímpetu de la juventud. Entre las características principales de los padres se encuentran el miedo a perder el status quo, la aversión al riesgo, la seguridad que otorga la experiencia, la sensación de tener “el culo pelao”, poseer la respuesta a todas las preguntas,...

 

Las características de ambos personajes ejercen un tira y afloja que hace realmente interesante observar lo ridículo que resulta hacerse mayor, digo ridículo porque muchas de las creencias que tienes cuando desempeñas el papel de hijo dejan de tener sentido cuando pasas a actuar como padre. 

En esta obra de teatro ocurre también algo muy curioso, y es que el entorno en el que se desarrollan la escenas cambia constantemente, lo que provoca matices en las características de los personajes, que a la postre suponen alteraciones en el devenir de la obra. Por ejemplo, hoy en día la situación acomodada y de abundancia de la sociedad occidental ha provocado que los padres sientan la obligación de borrar de la memoria de sus hijos lo duro que resulta vivir cuando no se tienen ciertas cosas tan cotidianas hoy en día y que nos aportan tanta comodidad. Esta buena intención ha modificado aspectos fundamentales de la sociedad y está jugando una baza complicada en la que corremos el riesgo de encontrarnos lo que estábamos intentado evitar: el malestar de nuestros hijos.

 

El esfuerzo ha sido el hormigón sobre el que se ha construido el progreso humano, sin él nada de lo que tenemos existiría. Viviríamos en un mundo totalmente diferente donde faltarían cosas tan importantes como la voluntad humana. Ocurre que el esfuerzo es incómodo, no es algo que apetezca. Conscientes de ello, la memoria de sufrimiento de los padres lucha para evitar esta incomodidad a sus hijos, y en esa noble lucha les impiden experimentar el placer de conseguir las cosas por uno mismo. En esa pelea por dar lo que uno no ha tenido, se quita al otro el derecho a comprender cómo funciona el mundo. Un mundo en el que quien algo quiere, algo le cuesta. Es el mercado de canje en el que vivimos, y en el que la moneda de cambio está representada por el esfuerzo. Si borramos el esfuerzo de escena ocurrirá que la persona nunca entenderá lo que ello supone, todo parecerá fácil, que las cosas están ahí porque sí, porque yo las necesito y nada más, con la falsa creencia de que cuando quiero algo simplemente tengo que reclamarlo, porque si algo me han enseñado, es que tengo el derecho a todo sin dar nada a cambio. Resulta complicado de entender cuando observas la escena desde el público.

 

Pensad en cómo nos comportamos cuando algo nos cuesta mucho, siempre pongo el ejemplo de los gimnasios. Si quieres cumplir ese gran propósito de ir al gimnasio, vete al más caro que te puedas permitir, este hecho modifica tu comportamiento porque no ir supone perder un dinero que es muy difícil de ganar. Como éste, se me ocurren mil ejemplos en los que la sensación de perder un dinero símbolo del esfuerzo nos duele enormemente. Y cuando lo pienso me pregunto: ¿le vamos a robar esta sensación a nuestro hijos?.

cuestión de peso

Enviado por rober en Jue, 23/08/2012 - 22:07

tras el descanso estival es momento de retomar los quehaceres diarios. Las vacaciones tocan a su fin, y siempre que esto sucede tengo la misma sensación de relax, ilusión y ganas de volver al cole. Me gusta aprovechar las vacaciones para hacer una de las cosas que más me gustan: viajar. Siempre que tengo la posibilidad de hacerlo, no dejo escapar la oportunidad, ya que desde mi más tierna infancia me inculcaron la necesidad de cambiar de paisaje como método para apreciar más y mejor mi entorno cotidiano. 

El paso de los años no sólo suma arrugas, también aporta nuevos paisajes que se acumulan en mi memoria y me permiten viajar siempre que quiero con un simple abrir y cerrar de ojos. Cada viaje es una lección vital, un regalo que transforma mi persona, cambia mi forma de ver las cosas y me hace estar un poco más cerca de todo lo que me rodea.

 

Este año he tenido la enorme suerte de vivir un país tan increíble como Mongolia. El decimonoveno país más grande del mundo con una población de apenas 2,8 millones de habitantes, de los cuales, 1,3 millones viven en la capital, Ulan Bator. Un 30% de su población es nómada y vive en un vasto territorio donde lo único que hay es naturaleza. Se dedican a cuidar su ganado, y esto les exige estar siempre en zonas donde el pasto esté disponible y sea accesible. En un país de clima extremo (Ulan Bator es la capital más fría del mundo) su población está obligada a moverse constantemente en búsqueda de ese alimento que los animales necesitan. Parece tarea fácil, pero no lo es en un lugar donde los veranos rondan los 35º y los inviernos los -20º. La vida es de todo menos sencilla para estos nómadas.

El paisaje es un manto verde infinito en el que muy de vez en cuando se ven pequeñas motas blancas. Estas motas blancas son los gers (yurtas tradicionales en Mongolia) donde viven estas familias nómadas. Pequeñas “tiendas de campaña” fáciles de montar y desmontar para desplazarse al sur cuando los inviernos ocultan los pastos bajo la nieve, y en verano desplazarse al norte cuando el calor achicharra la tierra. Los desplazamientos abarcan distancias considerables, sobre todo porque éstas se cubren con todo los enseres cargados en caballos y camellos. La clave es viajar ligeros de equipaje para cubrir mayores distancias y así tener la posibilidad de acceder a mejores pastos.  

Pero a pesar de lo remoto del lugar, las familias nómadas no son ajenas al progreso. Los gers cada vez tienen mayores comodidades (placas solares, antenas de TV, muebles,...) y esto dificulta la movilidad del núcleo familiar y los animales que con ellos viven.

 

Cuando observaba aquellas familias nómadas pensaba en mi mundo, un mundo donde la mayoría de nosotros ha equipado su vida con un sinfín de equipaje que hace duro y pesado cualquier tipo de desplazamiento. Al igual que aquellos nómadas, nuestra modernidad nos ha dado tantas cosas que ahora nos resulta cada vez más complicado movernos para buscar nuevos pastos. El exceso de peso con el que hemos dotado a nuestra cotidianidad nos convierte en estatuas en un paisaje del que somos víctimas en vez de aliados. Cuando no podemos movernos somos esclavos de nuestras circunstancias, estamos presos por lo que tenemos y olvidamos lo que necesitamos. Nuestro miedo innato a perder todo lo que hemos conseguido nos resta imaginación para pensar en todo lo que está por llegar. 

Los nómadas tienen claro que si quieren tener más opciones para disfrutar de un ganado sano, tienen que desplazarse largas distancias, y para ello, deben vivir con lo realmente necesario, mientras que lo superfluo es algo temporal que se puede dejar atrás si el objetivo lo exige.

 

Creo que aquellas llanuras son una metáfora perfecta de nuestras vidas: largas distancias repletas de oportunidades, unas más cerca y otras más lejos, y un equipaje vital que nos acerca o aleja de estos destinos. Se podría resumir en que nuestra capacidad para alcanzar aquello que realmente queremos es inversamente proporcional al peso del equipaje con el que viajamos. ¿Y tú qué llevas, mochila o maleta?

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